sábado, 7 de septiembre de 2013

Dios y El Diablo

Respiramos palabras


Caída del Hombre, pecado original y expulsión del Paraíso - Miguel Ángel
I

Al ingresar en el patio de la propiedad, los dos ladrones se enojaron al ver que era imposible colarse hacia el interior; las rejas de hierro de las ventanas  y las puertas de entrada estaban blindadas con alarmas de seguridad;  inútil era la hazaña de tratar de violentarlas sin hacer ruido.  Sus miradas se cruzaron como titanes en duelo.  Habían tenido fuertes discusiones sobre la escasa posibilidad de que  existieran controles. No había vuelta atrás; no podían marcharse con las manos vacías.
La oscuridad de la noche sin luna los obligaba a alumbrarse con pequeñas linternas de cabeza. Vestían pantalones y abrigos negros y llevaban la cara cubierta con pasamontañas para no ser reconocidos.  El silencio se convirtió en un delator de sus movimientos. Cada vez que pisaban una hoja seca, el crujido rompía la tranquilidad al retumbar entre los árboles. La brisa paseaba el eco de las carcajadas de unos hombres apostados en la plaza.
En la terraza, bajo la penumbra de una tenue luz, juguetes rotos, regados por el suelo, corroboraban que había sido en vano planificar el robo de ese lugar. Botellas vacías y un saco de mangos que emanaba un delicioso aroma a fruta fresca llenaban la despensa situada en una de las esquinas.
- En este sitio solo hay basura. Lo único que nos puede servir es ese saco de mangos, lo podemos vender en el mercado – murmuró enojado uno de los ladrones.
- Vamos al cementerio que está a tres cuadras de acá y allí los repartimos. Es un sitio seguro; nadie se atreve a entrar en la noche.  – respondió el otro ladrón.
Se escabulleron entre la oscura noche solapados por los ropajes negros. Cuando llegaron al cementerio, que estaba detrás de la iglesia ubicada frente a la plaza,  treparon un árbol que los llevó hasta el techo de un mausoleo.  Dos mangos cayeron en la acera; acordaron en recogerlos al salir. Se instalaron en una tumba cercana a un farol que los iluminaba desde la calle. El ajetreo los tenía acalorados y uno de ellos se quitó el abrigo; debajo tenía una camisa de algodón blanco.  El resplandor del farol era difuso, apenas si podían ver las sombras de sus cuerpos. Encendieron las luces rojas de las linternas de cabeza para alumbrarse y a repartir los mangos.
- Uno para ti y otro para mí; uno para ti y otro para mí – repetía sin cesar uno de los ladrones.

II

Sentados en los bancos de la plaza, un grupo de hombres reunidos,  contaban historias sobre espantos mientras bebían ron.                                                                                                              
- En las noches sin luna, como la de hoy, el mismísimo Demonio pasea por el cementerio  vestido todo de negro, de pies a cabeza, dicen que es porque anda buscando ánimas para llevárselas al infierno – relataba con voz grave uno de los hombres.
Reían a carcajadas para simular el miedo que se había apoderado de ellos. Negaban la veracidad de las historias burlándose de ellas. La sangre que corría por sus venas estaba colmada de alcohol.  Era medianoche y las calles permanecían solitarias. 
- Compadre, tengo que irme a mi casa. Mi mujer me espera y si no llego temprano va a pelear – balbuceó uno de los hombres.
- A mí me parece que usted no se va porque su mujer lo espera, usted se va porque tiene pavor de que le salga el diablo. – respondió el otro con ironía.
- No diga tonterías, compadre, yo no le temo al diablo. Ese bicho no existe.
Se despidió de sus otros amigos; al caminar tropezaba con las aceras y los árboles de la plaza. La noción que tenía de la realidad era ambigua, la embriaguez no le permitía pensar con claridad, sin embargo, sabía que para llegar a su casa tenía que recorrer la fachada del cementerio y darle la vuelta hasta la manzana siguiente.  Estaba atemorizado, pero se llenó de coraje para poder continuar su camino. Al pasar frente al camposanto escuchó la voz de un hombre que decía:
- Uno para ti, otro para mí; uno para ti, otro para mí.
Se quedó paralizado del miedo, no sabía qué hacer. Por fin reaccionó, y al asomarse por una pequeña rendija de la pared, vio que sobre una tumba estaban sentados dos hombres, uno de ellos vestido de blanco y el otro de negro, en sus rostros no había facciones, solo una masa negra que botaba fuego por la frente. Asustado corrió hacia la plaza.
- ¡Compadre!, ¡Compadre! – dijo con voz entrecortada.
- ¿Qué le pasa mi amigo? Parece que acaba de ver al diablo.
- ¡Así es, compadre! ¡En el cementerio están Dios y El Diablo repartiéndose los muertos!
- ¿Cómo es eso?
- Bueno, como le digo. Los acabo de ver. Venga conmigo para que lo compruebe con sus ojos.
El compadre, se burlaba de lo que decía el amigo, sin embargo, lo acompañó. Trataban de ir con paso apurado, pero la ebriedad no se los permitía. Llegaron al cementerio y el sonido de una voz los atrajo. Al acercarse a la pared escucharon:
- Uno para ti, otro para mí.
Los rostros de los hombres palidecieron.  Se abrazaron recostándose en la pared para no caer al piso. En ese instante la voz exclamó:
- Falta repartirnos los dos que están afuera.
Los compadres se miraron aterrorizados ante lo que acaban de escuchar  y con la voz quebrada uno le dijo al otro:

- ¡Huyamos, compa, que esos somos nosotros!



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