miércoles, 10 de julio de 2013

La niña de los fósforos - Hans Cristian Andersen


Respiramos palabras
Hans Cristian Andersen(imagen tomada de internet)

Esta entrada se la quiero dedicar a mis hijos, a quienes en su infancia les leí en reiteradas ocasiones La niña de los cerillos o La niña de los fósforos, uno de los cuentos más hermosos y emotivos del escritor y poeta danés,  Hans Cristian Andersen (Odense, Dinamarca, 2 de abril de 1805 - Copenhague, Dinamarca, 4 de agosto de 1875). Comparto con ustedes el cuento en texto y un cortometraje producido por Disney.


Respiramos palabras
La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)

La niña de los fósforos

Hans Cristian Andersen

¡Qué frío hacía! Nevaba y empezaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que le haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

Respiramos palabras
La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)

Y así la pobrecilla andaba descalza con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero centavo; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla!  Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.
En un ángulo que formaban dos casas - una más saliente que la otra -, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los piececitos todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: <<¡ritch!>>. ¡Cómo chispeó y cómo quemaba!  Dio una llama clara, cálida, como una lucecita, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeñuela que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien!  La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedo sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.


La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)
Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a estar transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente, y anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre muchachita. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan solo la gruesa y fría pared.

Respiramos palabras
La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)
Encendió la niña una tercera cerilla,  y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante.  Millares de velitas ardían en las ramas verdes, y de estas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos bracitos...y entonces se apagó el fósforo. Todas las lucecitas se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)

<< Alguien se está muriendo>> pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho:

- Cuando una estrella cae, un alma se eleva a Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

- ¡Abuelita!- exclamó la pequeña-. ¡Llévame contigo!  Se que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad.

Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envuelta las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la Mansión de Dios Nuestro Señor.


Respiramos palabras
La niña de los fósforos(imagen tomada de internet)
Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas y la boca sonriente...Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver sentado con sus fósforos: un paquetito que parecía consumido casi del todo. <<Quiso calentarse>>, dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la Gloria del Año Nuevo.

Fin

A continuación el cortometraje producido por Disney, La niña de los fósforos. 



lunes, 1 de julio de 2013

Voces del corazón

Respiramos palabras
Salvador Dalí(1904-1989) Muchacha en la ventana

          Le dio un beso a su madre y se sentó junto a ella en el viejo sofá, al lado de la ventana. Oscurecía afuera. El pequeño salón estaba alumbrado por una lámpara de pie, ubicada en una de las esquinas. La luz tenue propiciaba la intimidad de la conversación.
          - Carlos, el martes es tu aniversario de bodas. ¿Cuánto tiempo tienen de casados?
          - Vamos a cumplir tres años de suplicio matrimonial.
          - Qué cosas dices, siempre has sido un bromista, desde que eras niño. ¿Eres feliz con Sonia?
          - Sí mamá, estamos enamorados.
          - Veo tristeza en tus ojos.
          - Es tu imaginación o quizás el que no estés usando los anteojos.
          - Desde que la vi he querido a tu mujer como a una hija. Siento conocerla de toda una vida y                  esa relación entre ustedes es curiosa. Por favor, cuida de tu esposa, su salud es delicada.
          - Lo sé. Tiene cuatro años de operada y los doctores dicen que tiene un cuadro clínico estable.
          - Es bueno escuchar este informe médico. 
          - Ah no, otra vez estás llorando, te pido que no  lo hagas, trata de calmarte.
          - Disculpa, me vienen recuerdos de Lorena, mi pequeña murió tan joven . Por cierto,¿has                     averiguado lo que te pedí?
          - Esta mañana me dieron la información, por eso he venido a verte.
          - ¿Qué sucede? Has palidecido y estás temblando.
          -  No sé como decirlo.
          - Necesito que me lo digas ya. ¿A quién se le donó el corazón de mi hija?
          - La receptora del corazón de Lorena es alguien a quien conocemos.
          Carlos se levantó y anduvo hacia la ventana, callado por algunos segundos miró hacia el jardín. 
          - No vaciles más. Por favor, habla.
          Regresó al sofá y se sentó. Tenía lágrimas en los ojos.
         - El corazón de mi hermana le fue trasplantado a mi mujer, a mi esposa, a Sonia.

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