viernes, 14 de junio de 2013

El mal o buen trato a los adultos mayores

respiramos palabras
Adulto mayor

Según la Organización Panamericana de la Salud una persona es considerada "mayor" cuando alcanza la edad de 60-65 años, independientemente de su historia clínica y situación particular(1). Puede ser que mantenga un estado de salud optimo, de igual manera ya se considera mayor, por lo tanto las atenciones y el trato especial por parte de las personas más jóvenes debe de estar presente. Ahora si estas personas muestran signos de deterioro, ya sean derivados por una enfermedad  o por su condición de mayores, las atenciones deben ser especiales.

En los medios de transporte público existen asientos destinados especialmente para los discapacitados, embarazadas, con niños en brazos y personas mayores. Observo con estupor como personas jóvenes, que no presentan ningún tipo de enfermedad o impedimento aparente, toman estos sitios y no lo ceden a las personas para quienes han sido reservados. Se hacen las dormidas, se concentran en mirar las pantallas de sus teléfonos móviles o se distraen escuchando música con los audífonos. Veo con tristeza a muchos adultos mayores tratando de sostenerse para no caer o con sus rostros cansados por mantenerse mucho tiempo de pie.
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Letreros en medios de transporte público

Estos letreros o similares los vemos también en las cajas de pago de los mercados, farmacias y otros comercios, y por supuesto en las entidades bancarias e instituciones públicas y del estado. Siempre buscando darle prioridad a este grupo de personas. Sin embargo, observo como a los adultos mayores se les deja de último en la fila.

Para el mayor caminar por calles y aceras representa una molestia y un esfuerzo, dado el mal estado de las mismas y el poco respeto por parte de los conductores y peatones, no cediéndoles el paso o incitándolos a que  se apresuren, sin tomar en cuenta que por su avanzada edad son lentos.

Puedo seguir nombrando muchas situaciones más en las cuales el adulto mayor no es respetado y hasta en ocasiones es vejado, pero considero que seria una lista de nunca acabar. Lo importante es pensar que estas personas nos necesitan y que debemos ayudarlas, así como ellos nos ayudaron a nosotros antes de ser lo que hoy día son, ancianos. Así que dejo el siguiente mensaje:
"RESPETEMOS Y TRATEMOS CON AMOR A LOS ADULTOS MAYORES, QUE ELLOS SE LO MERECEN".
(1)http://www1.paho.org/spanish/hdp/hdw/genderageingsp.PDF
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martes, 11 de junio de 2013

Emperatriz

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Daguerrotipo anciana

La noche estaba oscura y se divisaba una espesa nubosidad en el cielo que sugería a un monstruo hambriento que ansiaba la ingesta de todo ser viviente que se encontrara deambulando por Santa Ana y sus alrededores. Para jamás devolverlo. El frío mantenía guarnecidos en sus hogares a los pueblerinos. El llanto de un niño retumbaba entre el silencio, siendo acompañado en algunos momentos por el aullido de un perro hambriento. La luz amarilla de los faroles callejeros apenas alumbraba entre la densa niebla, dejando ver ratas y cucarachas por los muros y techos de las casas. Un tufo a kerosén arropaba el ambiente sombrío de este pequeño pueblo anclado en la montaña andina. 

Luisa recién se había mudado a ese antiguo caserón del siglo XIX.  Desde que llegó al lugar, le invadió la pesadumbre. Llovía en las tardes, trayéndole nostalgias y las noches la llenaban de temores. La gente decía que en esas casonas habitaban fantasmas. Ella no creía en esas cosas de aparecidos y tampoco sentía curiosidad. Aún no conocía a sus vecinos, tenía que presentarse. Todo el vecindario era de casas viejas, como la de ella, que fueron siendo remodeladas en su interior a través del tiempo.

Estaba cansada, la mudanza había sido fastidiosa, todavía tenía que desembalar cajas y no contaba con la ayuda de su marido, porque se encontraba en viaje de negocios por la capital. Los niños por fin dormían. Se sentía resfriada, le dolía el cuerpo y la cabeza.  Decidió que lo mejor era tomar té verde con zumo de limón, esa bebida la relajaba y le calentaba el cuerpo, necesitaba estar sana, tenía tareas pendientes en el hogar, que le exigían energía y buena actitud. Se dispuso a prepararlo, cuando notó que no tenía limones en la cocina, debía de ir al patio a tomarlos de la mata.

El patio era amplio y desde adentro de la casa se prendía la lámpara que alumbraba hacia los árboles, ella la encendió. El limonero estaba al final, colindaba con el muro de la casa vecina. Lo pensó dos veces antes de ir, eran treinta metros de distancia desde la cocina hasta allí. Hacía mucho frío, pero no le gustaba el té sin limón y necesitaba sentir ese gusto en su paladar. Se abrigó y salió a buscar su anhelada fruta. Cuando iba por la mitad del camino se apagó la luz, quedando en penumbras, no distinguía los árboles y arbustos, al avanzar, la luz emanada de los otros solares la guió. Sintió un leve viento frío en la espalda y la presencia de alguien o algo. Un fuerte olor a naftalina invadió el lugar. Caminó rápido hasta el árbol. Temblando tomó varios limones. Sentía que de la casa aledaña la observaban, levantó el rostro y vio a una anciana con su blanca cabellera recogida en un moño. Su tez era pálida y resaltaba en contraste con el traje negro de mangas largas y cuello alto. Tenía la mirada opaca y no se movían sus pestañas; permanecía inerte.  Luisa la saludó y no recibió respuesta. Se asustó y un  escalofrío invadió su cuerpo al notar que la mujer no gesticulaba. Corrió hasta la cocina y al llegar, cerró la puerta y le pasó la llave. Se asomó por la ventana para tratar de verla; ya no estaba. No  preparó el té, sus manos no permanecían quietas, sentía nauseas y mareos. Se fue a dormir, o a tratar de dormir; no pudo, pasó la noche despierta, la imagen de la anciana no se apartaba de su pensamiento.

Al siguiente día en la mañana, después de llevar a sus hijos al colegio, al llegar a la casa, fue hacia la propiedad vecina. Tocó el timbre y esperó ansiosa que le abrieran. Salió una mujer de mediana edad y de aspecto agradable. Luisa le dijo quién era. La mujer la invitó a pasar y tomar una taza de café.  Al entrar, volvió a su cuerpo esa extraña sensación de temor. El clima de la casa no era diferente al de la calle. El piso era de adoquines desgastados y la pintura de las paredes estaba resquebrajada por el tiempo. La naftalina estaba impregnada en el aire. Esperó en el salón, mientras la dueña de casa preparaba la bebida.  Las paredes estaban tapizadas de cuadros viejos  y daguerrotipos.  Los miraba, cuando llegó su vecina con el café.

- ¿Vive su mamá con usted? Le pregunto porque ayer tarde en la noche vi a una anciana en el patio. Le hablé y no me contestó - dijo Luisa.

- Mi mamá vive conmigo. Pero no creo que haya sido ella la mujer que usted me nombra - contestó la vecina.

- ¿Por qué? no entiendo

- Porque mi mamá es paralitica y no se levanta de la cama desde hace cinco años. Dígame, ¿cómo era esa anciana? ¿me la puede describir?

Luisa miró hacia la pared y señaló uno de los daguerrotipos.

 - Ella, es la mujer que aparece en esa fotografía.

- Esa era mi abuela Emperatriz, se ahorcó hace veinte años - exclamó la vecina.

miércoles, 5 de junio de 2013

Champion


respiramos palabras

Cómo olvidar al viejo Luis. Imposible. Esa cara mugrosa llena de pelos. Y el aliento, ah, cada vez que hablaba tenia que alejarme, parecía que cagaba por la boca. No era malo, sólo que la vida lo jodió; a los ocho años ya estaba en la calle, como yo, que me tuve que ir de la casa porque el papá de mi hermanito Pedro me pegaba, cada vez que se emborrachaba me daba duro, y que porque le molestaba mi presencia. Mi mamá se ponía brava conmigo y también me daba con una correa, no aguanté más y no volví. Estudié hasta segundo grado, aprendí a leer y escribir y también contar. Ya tengo diez años, creo, la verdad, no lo sé. Me llaman "Champión" porque corro duro y rápido, le gano a todos, nadie me agarra. Robo carteras y siempre logro escapar. Soy el mejor. Por eso pude huir de la muerte. Hasta hace poco vivíamos debajo del puente, a orillas del Guaire, por Bello Monte, Jorge, Beto,  José, el viejo Luis y yo. Ahí construimos un ranchito con los cartones y las latas que lanza la gente al río. Cuando llovía no nos mojábamos, la autopista era nuestro techo. De vez en cuando llegaba la policía para sacarnos, nos quemaban los colchones, pero nosotros volvíamos en la noche con colchones que encontrábamos por la calle y a dormir. El viejo era el jefe, él nos decía qué hacer, nos mandaba a pedir plata en el Metro y en Sabana Grande, y por supuesto, a robar, si no obedecíamos nos caía a coñazos.
Un día, cuando estábamos pidiendo plata en una fuente de soda en Chacaito, dos tipos grandes y papeados nos comenzaron a hablar y a preguntar dónde y con quién vivíamos. Uno era negro, con una flor tatuada en el brazo derecho. El otro, era moreno clarito como mi mamá; tenia las manos grandotas y usaba una anillo de oro con una piedra verde. Ese día andábamos juntos Beto, Jorge y yo. Ellos eran mas pequeños, creo que tenían ocho o nueve años. No soltamos palabras. Luis nos tenía prohibido hablar con extraños, porque podían ser policías. Nos dieron burda ´e billete, mil bolos, estábamos contentos. Le dimos todo el dinero a Luis, se puso feliz y se bebió una botella de ron. Al otro día estaba enratonao y arrecho, le dolía la cabeza y nos botó del rancho. Nos fuimos los cuatro juntos a pedir plata para comer, teníamos hambre. Entramos a la panadería del Portu de la esquina para pedir cachitos y jugo de naranja, cuando vimos a los dos hombres papeados. Se acercaron a nosotros y nos dijeron que nos brindaban el desayuno; dijimos que sí. José los miró con desconfianza. Él era de mi tamaño, quizás un poco mas grande, pero no mucho. Nos volvieron a dar billete, esta vez fueron quinientos bolos para cada uno. Cuando se fueron, José me dijo que le parecieron "raros", que seguro eran maricones. Los vimos los siguientes días, nos siguieron dando plata y brindando comida. Eran "burda ´e panas", y a los "panas" se les cuenta todo; les dijimos donde vivíamos y con quién.
Una noche sin luna, mientras dormíamos, nos asaltaron un grupo de seis o siete hombres armados con pistolas y cuchillos, llevaban la cara tapada con medias negras. Nos cayeron a patadas. Apuñalaron a Luis hasta matarlo y a nosotros cuatro nos amarraron las manos.  Reconocí la voz de quién los mandaba, era la del tipo papeado con el anillo de oro y piedra verde. Mis amigos lloraban y rogaban para que no los mataran. Nos hicieron caminar hasta un camión blanco con cabina trasera, que se encontraba parado en la esquina próxima. Voltee y vi que los hombres se habían descuidado, comencé a correr, me siguieron, pero como no podían hacer escándalo, no me dispararon ni gritaron. Logre huir. Llegué a Petare, al otro lado de la ciudad.
Había pasado una semana y no sabia nada de mis amigos. Anduve esos días por el mercado de Petare, pidiendo plata y robando a las viejas que se descuidaban. Iba caminando frente a un quiosco de periódicos y me llamó la atención la foto grande de colores del Diario Noticias, aparecían los dos tipos papeados señalando el cuerpo de un niño muerto que estaba  tirado en el suelo y tapado con una sábana, lo reconocí por  el pantalón y los zapatos que vestía, era  José. La noticia decía: "Hallan cadáver de menor a orillas del río Guaire. El Cuerpo de Investigación Policial y Criminal sospecha que el móvil del asesinato pudo haber sido el tráfico de órganos humanos, dada las condiciones en las cuales el cuerpo fue encontrado".
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Aclaratoria: Esta es una historia ficticia, resultado de un trabajo realizado en un Taller Literario al cual asisto.