jueves, 25 de abril de 2013

Oculta en su Caparazón


respiramos palabras


Camina  por la plaza con su perra y observa a las personas que andan por ahí; piensa que su mundo es tan reducido como una caja de fósforos, donde la tristeza se instaló y descansa con comodidad, como si estuviese en una butaca de salón. Siente que nadie la mira y  que es un fantasma entre la muchedumbre, pero eso le gusta, no quiere ser descubierta. Ve a una pareja que está sentada en un banco, besándose, y dibuja con líneas borrosas, la posibilidad de conocer entre esta multitud a algún hombre que la quiera acompañar en su  transitar hacia la vejez. Desecha esta idea, siempre lo hace, no cree que el amor esté interesado en alejarla de la soledad. Con resignada amargura continúa su paseo y mira como los perros juegan en la grama, mientras sus dueños hablan entre sí. Se detiene y  le suelta la correa a su mascota, que se va corriendo para unirse con las demás, mientras ella se queda parada en la senda y mira hacia el otro lado de la plaza. Ve venir a un hombre con su perro, que se instala cerca de ella y espera, mientras su animal juguetea con los otros. Lo mira de reojo, es un hombre que no pasa desapercibido, no puede evitar posar sus ojos en él, lo hace con discreción. De pronto, él se acerca y le habla, ella se sorprende, agachando los hombros- quiere convertirse en tortuga para ocultarse en su caparazón-, le responde, con tono casi imperceptible. Él se acerca más hacia ella  y le hace comentarios jocosos en torno a sus acompañantes caninos- como él los define-. Bromas que la hacen reír, cosa poco frecuente en ella.  La conversación se torna amena y las carcajadas resuenan entre los árboles. Se siente cómoda con el desconocido, eso la sorprende un poco, pero le agrada, comienza a pensar que quizá valga la pena esconder bajo la cama su aislamiento y darse una nueva oportunidad. La plática fluye, hasta que, de manera inesperada, de entre las sendas aparece una mujer que con actitud alegre y confiada se acerca saludando con un beso en los labios al desconocido. Este le responde con cariño y la abraza. Así permanecen, mientras observan a su mascota que se acerca moviendo la cola y saltando sobre las piernas de la mujer. Él las presenta. Ella no responde y comienza a mover su cabeza sin saber a dónde dirigir su mirada, no quiere darle la cara, es incómodo para ella, no sabe cómo actuar, tiene una sonrisa en el rostro que parece la de un payaso con ganas de llorar. Quiere ser tragada por la tierra, desaparecer y volver a su soledad, esa soledad que la mantiene segura de todo lo que pueda golpearla. Está paralizada y así se queda un rato, mientras ellos tienen un dialogo intimo. El desconocido le habla para despedirse, mirándola desconcertado, no entiende su actitud. Toma la mano de su mujer y en animada charla se van caminando hasta alejarse. Respirando el aire de la desdicha, los ve irse; regresa a su caja de fósforos.
respiramos palabras