viernes, 5 de diciembre de 2014

El tirano obtuso (Microrrelato)

Respiramos palabras
El beso-Pabo Picasso
    
     No lograba entender por qué su mujer lo había abandonado. En todo los meses que pasaron juntos no hizo más que amarla y dedicarle toda su atención. Con el propósito de evitar que otros hombres le hablaran, la esperaba a la salida del trabajo. Convencido de poseer mejor gusto que ella, le elegía la ropa. La separó de las amistades que a su juicio le eran inconvenientes. Con paciencia infinita tomó el control de las llamadas y mensajes que entraban y salían de su celular. Lo mismo hizo con las cuentas de Facebook, Instagram, Twitter y WhatsApp. Desconcertado lloraba su perdida.

Respiramos palabras

lunes, 18 de agosto de 2014

Lorenzo y Matilde

Respiramos palabras
Violín en la paleta(1909) - Georges Braque

Lorenzo, agosto 2014.

          Al abrir la puerta, el rancio olor de la habitación me hizo retroceder. Parado en la entrada, encendí la linterna que llevaba conmigo y fui descubriendo objetos y muebles abandonados. Colgado en un perchero largo estaba el disfraz de pirata que había usado en unos carnavales siendo niño; también los trajes de primera comunión de mis hermanas y algunos abrigos de papá. Sobre una mesa, un guante de béisbol y junto a él, un avión de hojalata. Entré caminando con cuidado para no tropezar con los chécheres regados por el suelo. El polvo que viajaba por el aire se apoderó de mis ojos y nariz, provocando incesantes estornudos y lagrimeo. A pesar de eso, continué hurgando sobre las piezas halladas y sobre mis recuerdos, aunque el tiempo se había llevado muchos de ellos, así como recién se había llevado el cuerpo débil y anciano de mi hermana menor. Detrás de un mullido sofá de cuero, esperando ser reconocido, solitario y desnudo, estaba mi viejo violín, y a su lado, arrugada por la dejadez, la funda que siempre lo vistió. No lo podía creer. Éramos dos vejestorios,  él con las cuerdas herrumbrosas y yo con los huesos desgastados. Con lentitud me acerqué, acaricié su aspereza y lo levanté. Busqué el arco dentro de la funda.  De su interior, serpenteando, cayó un lazo celeste. Lo tomé con cuidado. Había pertenecido a Matilde . El polvo había opacado su color, pero no había logrado deshacer de mi memoria los graciosos hoyuelos en las mejillas de su dueña al sonreír, ni sus hipnóticos ojos verdes, siempre evasivos, que contrastaba con su tersa piel trigueña. Su cabello negro,  a menudo adornado con el lazo celeste, era una cascada de viento suave sobre sus hombros. Era hermosa, la más bella entre las bellas. Nunca la pude olvidar. Frecuentaba mi casa y a mis hermanas. Su dulce voz y risa sincera, alegraban mis tardes de estudiante. La esperaba sentado en un sillón del patio interno, donde ellas se reunían a tomar la merienda. Yo simulaba estudiar.  Me miraba de reojo y con desprecio. Su indiferencia me tenía cabizbajo, no podía concentrarme en mis estudios, ni probar bocado a la hora de la cena. Para vengarme, la trataba de igual manera, con frialdad y desdén.  En una de esas tardes,  para llamar su atención, decidí practicar mis clases de violín. Por un instante, nuestros ojos se encontraron, con regocijo le sonreí y ella, sonrojada, desvió su rostro. Ese gesto para mi fue la luz dentro del túnel. Despertó todas mis esperanzas. Le llevaría una serenata, como se las llevaba a tantas jóvenes del pueblo; pero esta sería diferente, porque nadie me pagaría por ello; este no sería un encargo. Pronto me iría para Caracas a estudiar en la universidad y quería declararle mi amor antes de partir. Minucioso, revisé el repertorio de valses venezolanos, que sabía le gustaba, hasta elegir el más apropiado. Practiqué por varios días. Quería tener mi mejor presentación. En una noche de luna llena, cuando por fin me sentí listo, tomé el violín y, parado en la calle, frente a su ventana, con todo mi sentimiento puesto en el instrumento, ejecuté “Dama Antañona”.  Cuando terminé de tocar,  mis pies quedaron pegados al piso. El temor al rechazo me habia paralizado. Ella salió y sin dejarme hablar me dijo: “Hermosa canción. Dime, ¿quién te contrató? ¿quién es mi pretendiente?. Apuesto a que es Rogelio; espero que así sea. Toma esta cinta y entrégasela”. Enmudecido, la miré. Con tedio amarró su lazo celeste al violín y sin despedirse, cerró la ventana. Seis años después nos volvimos a encontrar. Se había casado y esperaba su segundo hijo. Fue la última vez que la vi.

Matilde, diciembre1964.

         Hoy me tropecé con Lorenzo en el mercado. Teníamos seis años sin vernos. Se acercó a conversar conmigo, algo que nunca antes había hecho. Me sorprendió su actitud. Fue amable. Recuerdo que cuando iba a visitar a sus hermanas, apenas me miraba. Siempre estaba estudiando. Solo una vez sentí que se interesaba por mi. Fue una tarde de agosto, en el jardín de su casa donde mientras tocaba el violín nuestros ojos se encontraron por un momento. Esa noche no pude dormir de la emoción; soñé que me pedía que fuéramos novios. Al otro día esperaba verlo, pero no sucedió. Escuché decir a su mamá que estaba en el conservatorio y que regresaría a la hora de la cena. Dos días después me llevó una serenata. Tocó una de mis canciones favoritas. Me asomé a la ventana, conmovida pensaba que él me la había dedicado, pero al verlo ahí parado, como una piedra, inerte, me di cuenta que lo habían contratado . Desilusionada, le pregunté si había sido  enviado por Rogelio, que siempre me andaba rondando. No me contestó, así que amarré una cinta al violín para que se la entregara y cerré la ventana sin despedirme.  A los pocos días se fue a estudiar a Caracas. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Ha pasado mucho tiempo y muchas cosas desde esa noche. Ahora estoy casada con Rogelio y embarazada de mi segundo hijo. Aún no sé quién me dedicó la serenata.
Respiramos palabras

lunes, 11 de agosto de 2014

Estoy aquí sin estar

Respiramos palabras
Caracas,
La Sultana del Ávila

El toc toc del martillo
es un pájaro carpintero
en la tarde invadida
de notas musicales
con sonidos
de sugestiva ciudad caótica.

Estoy aquí sin estar...                      
                           ¡La Sultana viaja a través de mi recuerdos!
Respiramos palabras



sábado, 26 de julio de 2014

Siempre he deseado ser como Marilyn

Respiramos palabras
Marilyn Monroe-Andy Warhol

Desear otra vida, fervientemente desearla
es el mismo acto de dividir
el espíritu en dos piezas idénticas.
Gabriel Jiménez Emán – Alteridad.


          Esta noche luciré el vestido que me inmortalizará ante mi público, al igual que lo hizo con Marilyn ante el mundo entero. El mío no fue confeccionado por Jean Louis, pero mi costurera, que es como mi hermana y que hace un trabajo divino, logró copiar muy bien su diseño. Tampoco tendrá dos mil quinientos cristales ¿Con qué plata?  Si así fuera, no cantaría en ese lugar de mala muerte, donde los clientes transpiran ron barato y vomitan chicharrones con pelos. El mío, es un vestido módico pero hermoso, diría que igual o hasta más que el original. La tela es brillante, parece que tuviera piedritas. Cuando me muevo, titila como arbolito de navidad.  La compré en una oferta que tenían en el Bazar del Turco, gasté muy poco, me salió casi regalada. Estoy emocionada porque voy a cantar “Happy Birthday, Mister President”. He ensayado mucho, mis amigas dicen que soy una copia al carbón de la Monroe. Es lo que más deseo, siempre he deseado ser como Marilyn. Crecí viendo fotos de ella por todas partes, una de las que más me ha gustado es esa en la que aparece su cara varias veces y con diferentes colores, es bellísima. Recuerdo que me la regaló un amigo y yo la pegué en la puerta del closet y cuando mi mamá la vio, se arrechó y la rompió, dijo que ese era regalo de maricones. Pobre, ella nunca me ha entendido; cuando me hice las lolas, me dijo que era un monstruo con tetas grandes, que cómo se me ocurría hacer algo así. No me importó, yo sólo quería parecerme a Marilyn.  Luego me pinté el pelo de rubio y me tatué las cejas como las de ella, arqueadas y gruesas. Desde que la miré por primera vez en Youtube, cantándole al Presidente, quise ser como ella, cantar como ella y moverme como ella y por supuesto, levantarme a un carajo que estuviera tan bueno y fuera tan rico como Kennedy, ese mangote rubio de ojitos claros que la llevaba a la cama de vez en cuando.  Yo lo único que levanto son renacuajos pobretones que quieren que los mantenga.  En la madrugada, cuando termine de trabajar y vaya a la arepera de Pedro, voy a usar un abrigo blanco muy parecido al que ella tenía puesto cuando salió al escenario. Estoy segura de que voy a atraer todas las miradas, como las atrajo ella ese día. Espero que no asomen sus mugrientas narices los malandritos esos de Sabana Grande, que siempre me quieren joder. Decidí que mi vestido no fuera tan ceñido; mi costurera no puede ir al bar a coserlo sobre mi cuerpo, como lo hicieron con ella. Dicen que se le rompió mientras cantaba. A mí no me puede suceder eso, porque lo voy a usar todas las noches durante algún tiempo y no puedo gastar dinero en otro, porque todos mis ahorros son para la operación. Espero con ansias el día que me transforme de manera definitiva en Marilyn Monroe. Tengo dos años reuniendo la plata que me hará mujer for ever, pero por ahora no me queda otra opción que esconder mi pene.  ¡Dios, son las ocho de la noche, se me está haciendo tarde y tengo que vestirme y maquillarme para mi nuevo show!. 
Respiramos Palabras

domingo, 2 de febrero de 2014

El velorio de Juan Pérez

         
Respiramos palabras
Retrato de una niña(1919) - Joan Miró

            El silencio de la tarde fue interrumpido por un golpe estrepitoso.  La puerta de entrada del apartamento fue víctima del enojo de María Griselda;  al cerrarla su brazo emuló una tormenta tropical.  Luego de ingresar a la vivienda, caminó rauda por el angosto pasillo que la llevó hasta el pequeño salón-comedor de paredes beige, en los que colgaban fotografías de la familia y pinturas de autores desconocidos;  el piso de granito negro y las gruesas cortinas sobre el ventanal,  acompañadas por muebles de estilo Sheraton, reflejaban su carácter sobrio; colocó la cartera sobre una silla y se quedó parada unos segundos mientras practicaba los ejercicios de respiración que aprendió en las clases de Tai Chi.  Su mano derecha hacía las veces de pesado abanico y con nerviosos movimientos, trataba de secar las gruesas gotas de sudor que corrían por las arrugadas grietas de su rostro y cuello. Tenía que calmar la ira antes de encontrarse con Celina, su nieta adolescente. Se dirigió a la cocina a beber agua para apaciguar la sed  y aliviar los pensamientos.  El visillo de flores verdes y azules cubría la ventana con ingenua pretensión y apenas filtraba los ardientes rayos solares que rebosaban el aposento;  pensó si habría alguna diferencia entre el calor del infierno y el de ese lugar.

            Celina reía a carcajadas mientras le contaba a sus amigas la nueva travesura que le había hecho esa tarde a su abuela, cuando la escuchó llegar.  El portazo le mató la diversión. Había encendido el aire acondicionado de la habitación de María Griselda y era feliz en ese oasis de frío en medio de la abrasadora ciudad que derretía la suela de los zapatos y quemaba las ideas. Este placer le era prohibido, así como hablar por teléfono o recibir visitas sin previa autorización; esa tarde la visita había sido autorizada con el pretexto de reunirse para hacer la tarea del colegio, pretexto que era incierto. Lo único cierto era que deseaba disfrutar  un rato con sus amigas, sin la presencia instigadora de su abuela, que interrogaba a todo el que pisaba su casa con la destreza de un detective.  Se dirigió al enorme rosario de madera que colgaba en la pared sobre la cabecera de la cama, mientras juntaba las palmas de las manos en actitud de oración.
          - Señor, decime que estoy soñando y que no es Mamaíta. No me quitéis este rato de felicidad. Yo sé que vos me queréis. Vai, andá, nos seáis malo conmigo.


          El olor emanado de las velas que María Griselda prendió frente al altar de la Virgen de Chiquinquirá, le recordó a Luis. Él lo mandó a construir en una esquina del balcón mucho antes de morir, con la intención de tener el boleto apartado hacia el paraíso. No fue mal esposo, cumplió con sus deberes de padre y fue discreto en sus relaciones extramaritales. Tenía diez años de muerto y ella diez años vestida de negro. No quería que la gente pensara que no lloraba a su marido. Nunca usó ropa de medio luto. Eso era de mal agradecidas y ella no lo era. Era una hija de Dios que asistía a diario a la Iglesia.  Había educado con rectitud a su familia y cumplido con los deberes de madre: sus  cuatro hijos se habían graduado en la universidad y estaban casados. Ahora, por cuestiones del destino y de la vida, estaba criando a su nieta Celina, muchachita rebelde y desobediente a quien tenía que enderezar, y la mejor manera era pegándole con la correa, acto que parecía no dar sus buenos frutos, porque lo hecho por ella ese día era imperdonable.
          Entró a su habitación y saludó a las adolescentes que se levantaron de la cama apenas la vieron. No confiaba en ninguna de esas jovencitas de ideas alocadas y padres condescendientes.  Posó sus ojos en Celina y con la mirada le envío mensajes llenos de palabras recriminatorias cargadas de rabia; no podía permitir que su nieta se burlara de ella.
          - ¿Qué hacen aquí? Sabéis que no tenéis permiso para prender el aire acondicionado.  Después me llega la factura de la electricidad por las nubes y no tengo reales para regalar.
          - Mamaíta, está haciendo mucho calor. Dejanos estudiar aquí. Mirá ¿y por qué llegaste tan temprano de la fiesta-velorio?  
          - ¡No seáis irrespetuosa! Los velorios no son fiestas.
          - Pa’ vos sí, porque te encanta asistir a ellos. Esas son las fiestas tuyas - dijo Celina mientras reía con ingenuidad infantil.
          María Griselda apagó el aire acondicionado y les ordenó salir del cuarto y apurarse en terminar la tarea. Las jóvenes obedecieron con temor y después de permanecer un rato en la sala, que transcurrió como una eternidad por la molesta presencia de la anciana, se despidieron.  
          María Griselda, acercándose a su nieta, la increpó:
          - Celina, estoy muy brava con vos. El muerto del velorio de hoy no era ningún amigo mío. Yo no conocía a nadie en ese lugar. Todos me preguntaban  quién era yo.
          - Mamaíta, no me digáis eso, no te lo puedo creer. Yo leí en Panorama que Juan Pérez se había muerto y como vos me dijiste que conocías a los Pérez, y uno de ellos se llamaba Juan, yo pensé que era amigo tuyo, por eso te insistí en que fueras a la funeraria. Contame ¿y cómo estuvo la fiesta del muerto desconocido?